• La hija de la peluquera

    Sentía como la estrechez de su recto cedía a mis empujes, mientras observaba como ella se sostenía apoyando sus palmas abiertas sobre la fría baldosa. Veía sus pechos colgar y balancearse con cada penetración, lo que me incitó a echarme hacia adelante y agarrarlos con fuerza, en esa postura podía metérsela hasta el fondo y morder su cuello al mismo tiempo lo que hizo que jadease con más fuerza.

    Eran casi las ocho. El aire en la calle casi ardía del sofocante calor que hacía aquella tarde de agosto. Yo iba de camino a la peluquería. Siempre iba a la misma, a la que mi madre iba de toda la vida, ya que, dada la confianza, María José, me cortaba el pelo fuera del horario comercial, lo cual a mi me venía genial ya que de otra forma sólo podría ir el sábado.

    Llegaba ya tarde, iba con el paso apurado sintiendo mi camisa pegada a la espalda por culpa del sudor. Llegué al local y estaba la verja medio bajada, me agaché y pasé. Entré como si estuviera en mi casa y no vi a Mariajo por ningún lado. Bajé las escaleras y me encontré a su hija de espaldas. Apenas tenía confianza con ella, ya que aunque nos conocíamos desde niños ella era muy tímida y apenas hablaba conmigo. Siempre me había parecido la típica rubia tonta, simple, aunque ya sé que no está bien prejuzgar. Es alta (175cm) y tiene, la verdad, muy buen tipo, un cuerpo delgadito con un culo muy bien hecho y unos grandes pechos desproporcionados para su delgadez. Como os dije estaba de espaldas, vestía una camiseta blanca algo ajustada y unas mallas negras que se ajustaban a su culo firmemente. Antes de abrir la boca me quedé observando aquellas nalgas tan redondeadas, daban ganas de amarrarlas con fuerza. Ella debió presentir mi presencia porque se giró y se asustó al no esperarse a nadie allí dentro.

    “¡Hola Ainhoa!” le dije. Con sus ojos azules llenos de timidez me dijo que se había asustado. Me disculpé, aunque me costaba concentrarme en su cara ya que al girarse me fijé en que su camiseta estaba mojada y se le transparentaban sus enormes pechos aprisionados en un sujetador negro. “¿Está tu madre?”, le pregunté. Ella me explicó que se había ido urgentemente porque su hermana (algo más pequeña) le había pedido si le acompañaba a un recado. Le comenté que había quedado con ella para cortarme el pelo, pero que ya volvería al día siguiente. Cuando ya subía la escalera para marcharme titubeantemente me dijo que si me urgía me lo podía cortar ella. Ciertamente no era que necesitase un corte de forma inmediata, pero acepté su propuesta.

    Me senté en uno de los asientos para que me lavara la cabeza y ella me explicó que no tenía tanta experiencia como su madre, que la disculpara si no me quedaba perfecto. Traté de tranquilizarla y le dije que experimentara conmigo, que fuera su “conejillo de indias”. Ella sonrió mostrándose algo más relajada. Podía verla por el espejo que tenía enfrente de mí, concentrada en lo que hacía, con sus rizos rubios cayendo por su cara a pesar del día, la veía encantada de conocer esos secretos de la adolescencia de su madre, aunque tampoco le sorprendían en exceso, ya que María José se le veía a leguas ser una mujer de mundo. Entonces me empezó a contar que ella también había hecho alguna que otra, que no era tan angelito como aparentaba. En respuesta a mis preguntas curiosas me contó que llevaba ya algún tiempo con un chico y, si bien su madre ahora ya lo sabía, cuando comenzaron le decía que se iba con amigas para marcharse de acampada con aquel chico.

    Ciertamente no me imaginaba a Ainhoa mintiéndole a su madre ya que se le debía notar la mentira en la cara de forma muy evidente, otra cosa es que su madre se hiciera la loca. Me contó que habían fumado porros muchas veces, pero que a ella le sentaban mal. Al decir esto noté como se sonrojaba y le pregunté con curiosidad el porqué. Ella se puso aún más roja y se quedó callada. La dije que perdonara mi indiscreción, que no quería violentarla. Entonces se armó de valor y me dijo que la ponían muy nerviosa, que la inquietaban mucho.. Me quedé a la expectativa, esperando que continuara. Tenía la mirada baja como si se escondiera de la vergüenza, así que la animé diciéndole que esas cosas nos habían pasado a algunos, que no se preocupase.

    Movida por esa inusitada confidencialidad me explicó que ella tenía mucho autocontrol sobre si misma sobre todo en lo que a sexo se refiere. Toda su vida había despertado el apetito sexual de los chicos por obvias razones y que siempre había esperado mucho antes de avanzar en ese sentido con sus parejas. En aquella acampada estaban en una tienda de campaña: una pareja, dos chicos, su novio y ella. Pronto el reducido espacio se convirtió en una campana de humo y todos se reían por cualquier tontería. Ella sentía algo extraño, una enorme excitación sin motivo aparente y se sentía rara. Me contó como la pareja pronto se puso a lo suyo y que ella se vio sola en medio de tres chicos. La conversación pronto se volvió algo picante y empezaron a vacilar a la pareja, por lo que, buscando intimidad, se fueron a la otra tienda. Allí, en medio de tres varones en un espacio reducido, con la única luz de una linterna, se sentía completamente excitada. Su novio la besó y ella suspiró de manera muy intensa. Antes de que se diera cuenta estaban los tres metiéndole mano, sobándola por todas partes y no podía dejar de gemir.

    Llegados a este punto ella finalizó el relato sumida en una infinita vergüenza. Yo no podía quitarme de la cabeza la imagen de los tres tíos montándoselo con ella, así que forcé la situación y seguí preguntando. Le dije que si ella los había incitado o si les había dijo que no. Me explicó que ella les dijo que parasen, que aquello no le hacía gracia, pero que cada vez que sentía una mano en su culo o en sus pechos se excitaba aún más, que su cabeza iba por un lado y su cuerpo por otro. El morbo de esta situación me excitó aún más, dentro de aquella chica tímida había una ninfómana buscando libertad.

    Me llevó a la silla de corte, por lo que ahora estábamos mucho más cerca del espejo y la podía ver mejor. Tras unos minutos de silencio le dije “perdona mi curiosidad pero… ¿después de todo disfrutaste?”. Ella volvió a ponerse como un tomate, por lo que no hizo falta respuesta alguna. Le dije que no pasaba nada malo que estaba bien probar cosas nuevas. Ella me dijo que lo que le preocupaba era que si fumaba no tenía ningún autocontrol y que cualquiera podía hacer lo que quería, mientras me hablaba intentaba concentrarme en su cara, aunque no conseguí evitar echar alguna ojeada a aquellos grandes senos. Mientras pensaba en sus pezones me sacó de mis pensamientos al decirme que ya había terminado, y es que entre tanta conversación ni me había fijado en el corte de pelo. No estaba mal, no tenía la pericia de su madre pero me veía bien.

    Le dije que lo había hecho muy bien y le pregunté que cuanto era, pero no me quiso cobrar. Cuando ya enfilaba hacia la puerta me giré y le dije que si quería que la esperase a que cerrase, ya que ya había anochecido. Algo dudosa, me dijo que sí, que se iba a cambiar y ya salía. Se metió en una puerta que había al fondo y me quedé esperándola.

    Estaba muy excitado, casi turbado por toda la conversación, y mi cabeza no dejaba de imaginar que ella estaba desnudándose detrás de aquella puerta. Como tardaba fui al baño que se encontraba detrás de un tabique a unos metros de la habitación donde ella se encontraba. Bajé mis pantalones y vi mi polla algo dura con la punta empapada por la excitación. Casi por inercia empecé a acariciarme pensando en la conversación, en la tienda de campaña, etc, y enseguida se me puso tiesa como un palo. Entonces comencé a escuchar cómo me llamaba. Cuando iba a decirle que estaba en el baño algo pasó por mi cabeza que enmudeció mi voz. Ella preguntó un par de veces y comencé a escuchar sus pasos por el local buscándome. Salí del baño despacio y me encontré con que estaba todo en penumbra. Vi su silueta a contraluz de la luminosidad de la farola de la calle e intuí que llevaba una falda muy corta y top muy ajustado ya que sus pechos parecía que iban a reventar la tela.

    Lentamente me acerqué, sigilosamente hasta situarme cerca de ella. Contenía mi respiración y sentía el corazón galopar violentamente bajo mi pecho. Ella estaba allí de pie, inmóvil como esperando que saliese de alguna parte. Pude verla mejor y estaba impresionante. Vestía una falda de tubo muy ajustada, elástica, que se pegaba a su piel, y un top de tiras muy escotado que mostraba ampliamente esos hermosos pechos.

    Entonces, en un rápido movimiento me abalancé sobre ella, haciéndola caer al suelo. Tapé su boca para que no gritara y con la otra mano subí su corta falda. Llevaba una tanga negro muy escotado, por lo que empecé a magrear su culo y a separar sus piernas. Ella se revolvía pero mi peso la aplastaba. Mi mano se abrió paso entre sus muslos y comencé a acariciar su rajita por encima del tanga. Ella balbuceaba con la boca tapada diciendo “¡No!, ¡para!”, pero sentía como la tela del tanga se metía entre sus labios y estos estaban ya húmedos. Froté su clítoris y sentí como su cuerpo reaccionaba, como su voluntad cedía y los esfuerzos por zafarse de mi peso eran menos intensos.

    Lentamente separé mi mano de su boca y, como esperaba, en lugar de gritar, suspiraba. Acaricié sus labios con mis dedos y ella empezó a chuparlos lascivamente. La otra mano se deslizó en su sexo y empecé a penetrarla con dos dedos. Estaba completamente mojada y mis dedos resbalaron en su interior con suma facilidad. Sus caderas comenzaron a moverse buscando sentirlos más adentro, estaba perdiendo el control.

    Le di la vuelta y vi en su rostro la misma excitación que su cuerpo demostraba. Acerqué mis labios a los suyos y los mordisqueé, descendiendo por su cuello hasta llegar hasta su escote. No llevaba sujetador bajo el top, y sus pezones se marcaban bajo la tela. Con los dientes liberé uno de sus pechos de la opresión de rojos, deleitándome con su intenso olor a deseo. Lo atrapaba con mis labios al tiempo que sentía los suyos aprisionar el tallo de mi pene como una ventosa. Su lengua, dentro de su boca, relamía mi glande, dándome un placer muy intenso. En compensación, sin dejar de lamer su hinchado clítoris, comencé a penetrarla con el peine. Parecía que no iba a caber, pero entró sin dificultad. Al sentirlo dentro de ella, se convulsionó se tragó todo mi rabo hasta los huevos. Era la primera vez que una chica conseguía metérsela toda porque la genética fue generosa conmigo en ese aspecto.

    Sentía su garganta en la punta de mi sexo y aquel calor me estaba poniendo muy cachondo. Empecé a penetrarla bruscamente con el cepillo, metiéndoselo hasta el fondo salvajemente. Sentía sus gemidos ahogados por la carne y su cadera moviéndose arriba y abajo al ritmo de mi muñeca. Con la mano libre agarré su trasero y deslicé mi dedo hasta la entrada de su ano, habiéndolo mojado previamente con los flujos que empapaban toda su entrepierna. Aumenté el ritmo de mi lengua y de mi muñeca, de forma que se quitó la polla de la boca para dejarse llevar por los gemidos. Estos se volvieron más intensos y en el momento en el que sentí como empezaba a correrse, introduje mi dedo en su ano lo que la hizo estallar en un grito desgarrador. Parecía poseída, sobresaltándose con espasmos mientras yo trataba de no parar pese al movimiento.

    Cuando dejó de gemir se quedó tendida en el suelo, respirando muy agitadamente. Me separé un poco, dejando el peine dentro de ella, y la observé. Tenía los ojos cerrados y su melena riza se extendía por la baldosa. Su boca estaba abierta y tenía los labios hinchados de la violencia de la mamada que me acaba de hacer. Su top estaba descolocado teniendo un pecho fuera y el otro viéndosele el pezón. Por último llevaba la falda a modo de cinturón, y los jirones de su ropa interior habían quedado a la altura de la rodilla. Su sexo estaba rojo e hinchado, palpitante, con aquel peine ensartado en él.

    Sin mediar palabra la agarré por el pelo y la hice darse la vuelta, ella balbuceó “más no, por favor”, pero hice caso omiso a su súplica, estaba demasiado caliente. La coloqué a cuatro patas y, tras lubricar su ojete con la punta de mi mango, empujé de golpe. Sólo conseguí meter la punta, pero sirvió para que ella despertase de su atontamiento con un alarido de dolor. Amarrándola por el pelo seguí sodomizándola, echando su cabeza hacia atrás, mientras la embestía. Mi polla a cada golpe de cadera se iba introduciendo más en su culo, mientras ella se encontraba inmersa en una mezcla de placer y dolor mordiéndose el labio entre intensos gritos.

    Solté su pelo y sostuve sus caderas con fuerza para penetrarla mejor. Podía sentir como la estrechez de su recto cedía a mis empujes, mientras observaba como ella se sostenía apoyando sus palmas abiertas sobre la fría baldosa. Veía sus pechos colgar y balancearse con cada penetración, lo que me incitó a echarme hacia adelante y agarrarlos con fuerza con ambas manos. En esa postura podía metérsela hasta el fondo y morder su cuello al mismo tiempo lo que hizo que aún jadease con más fuerza. Sentí como se corría varias veces mientras la enculaba, y ella se masturbaba con el peine, lo que me animaba a follármela aún con más violencia.

    Cuando sentí que no aguantaba más me separé de ella y la puse boca arriba. Me quedé quieto con el rabo muy tieso, a punto de estallar, observando como ella se seguía masturbando, se la hundí hasta los huevos y llené su culo de semen mientras ella estallaba en un genial orgasmo, saqué mi verga y miré su rostro.

    La expresión de su mirada recuperó la inocencia y la simpleza del principio y me quedé asombrado con la metamorfosis. Entonces, mientras se recolocaba el top y la falda (ambos manchados de semen), se acercó y me besó. Me miró fijamente y me dijo que había sido un cabrón clavando sus pupilas en las mías, para después sonreírme con picardía y decirme que no le importaría repetir.

    Desde entonces es ella quien me corta el pelo y yo le pago sin dinero, así salimos los dos ganando. Por eso siempre que voy pido cita para ir fuera de hora y ella me espera con las ropas más insinuantes que os podáis imaginar.

    Fuente: www. sexologas .com


  • Commentaires

    Aucun commentaire pour le moment

    Suivre le flux RSS des commentaires


    Ajouter un commentaire

    Nom / Pseudo :

    E-mail (facultatif) :

    Site Web (facultatif) :

    Commentaire :